martes, 21 de noviembre de 2017

Reflexiones sobre la formación en Trabajo Social

Librería y editorial Purrúa, Ciudad de México, homenaje a 117 años de actividad

Hace unos días participé en una mesa redonda organizada por la Cátedra de Servicios Sociales que está vinculada a la Universitat de Vic bajo el título “La oferta formativa en servicios sociales en Catalunya: hacia las competencias profesionales necesarias”.

La iniciativa partía de un estudio que han realizado en los últimos años sobre la formación que reciben los profesionales de los servicios sociales que se publicará en breve e invitaron a diversos profesionales con perfiles diversos a reflexionar sobre el tema. Como trabajadora social y, también, como profesora del Grado (aunque sea a tiempo parcial) el tema me parece que puede ser interesante.
Mi primera reflexión sobre el tema tiene que ver con el propio concepto y límites de los servicios sociales, hablar de formación de los profesionales sin abordar qué es lo que deben hacer es complejo. Por una parte, me parece difícil formar a profesionales para hacer la multiplicidad de tareas que actualmente tienen asignadas porque en la mayoría de las leyes de servicios sociales de nuestro entorno[1]  se le asigna una misión más propia del conjunto de políticas del estado de bienestar que de una de las políticas sectoriales.
Por otra parte, no debemos olvidar que las diversas profesiones de lo social (trabajador@s sociales, educador@s sociales, psicólog@s sociales.) pueden, y deben, intervenir en las otras políticas sociales sectoriales y que también deberíamos formarlas para ello; no tendría sentido formar trabajador@s sociales únicamente para el Sistema de Servicios Sociales y luego exigir que los otros sistemas los incorporen.
El reto, entonces, se centra en qué formación necesitan l@s profesionales para desarrollar sus funciones en un mundo tan amplio.
Señalaba recientemente Teresa Matus, en su ponencia en el Congreso de Mérida” que en el proceso de formación la “Focalización de áreas: familias, comunidad, organizaciones laborales, salud, vivienda, etc […] se entabla una suerte de competencia entre dicha focalización y las propuestas disciplinares. […] ‘Ser’ trabajador social tendría que ver mucho más con el ámbito en que se desempeña que en seleccionar posiciones al interior de un corpus de enfoques del Trabajo Social”.
Comparto con Teresa Matus la necesidad de centrarse en consolidar los conocimientos sobre los enfoques del Trabajo Social para después que cada profesional sea capaz de aplicarlos en distintos ámbitos de trabajo (dada mi experiencia me ceñiré a la formación en Trabajo Social, aunque posiblemente sea asimilable a las otras profesiones).
Para empezar, pienso que tenemos dos grandes etapas formativas: la inicial (es decir, los estudios de grado) y la formación continuada y, desde mi perspectiva, deberíamos repensar ambas etapas.
La formación básica es, como mínimo en el Trabajo Social que yo conozco, eminentemente teórica, pero, curiosamente, teórica de todo tipo de disciplinas que, si bien son necesarias para entender el contexto, son insuficientes para el desarrollo de la profesión. Mi experiencia, y algunos estudios recientes lo muestran y se comentó incluso en la mesa redonda a la que hacía referencia, parece que l@s trabajador@s sociales tienen una formación escasa en las teorías y modelos propios del Trabajo Social.
Vuelvo a Teresa Matus porque recoge un tema que, desde mi punto de vista, es clave: desde los estudios de Trabajo Social “La división disciplinar en caso, grupo y comunidad […] supone una clasificación de acuerdo a los supuestos ’sujetos’ que, ironizando, responde a dividir la disciplina según se trabaje con uno, algunos o muchos”. Dándole menos relevancia a los modelos teóricos, que pueden aplicarse en distintas circunstancias, y centrándose más en la intervención directa, en un enfoque que diría más metodológico.
Así pues, la primera conclusión que extraigo es que hay mucha formación teórica, pero de disciplinas variadas, necesarias sin duda (incluso deberíamos añadirle alguna más), pero con poca dedicación a la teoría propia de la disciplina.
Por otra parte, me gustaría referirme a las prácticas que, siendo importantes, no tienen el reconocimiento que deberían: otros estudios reconocen las prácticas como una actividad profesionalizadora en la que alumn@s en prácticas reciben un salario; esta práctica no se produce en Trabajo Social, pero aún más, no se reconoce a l@s profesional@s en activo que acogen a l@s alumn@s de ninguna manera; su acción no es valorada en los currículums o como méritos y la universidad (como institución) ni siquiera es consciente que cada curso, por ejemplo en Barcelona (ámbito de la UB) tiene 220 – 240 profesionales atendiendo a alumn@s de Trabajo Social, formándolos en su puesto de trabajo.
Pero sigamos adelante, tras la finalización de los estudios viene el proceso de incorporación al mundo laboral, este paso es como un lanzamiento en paracaídas, según donde caigas las cosas pueden ir de una manera u otra, porque no tenemos un modelo de incorporación de nuevos profesionales (niveles junior, semisenior y senior) que permita el complemento necesario a la formación académica.
Por otra parte, la formación académica es muy genérica y no es especialmente facilitadora de formación específica para funciones diversas y necesarias: dirección de servicios sociales, planificación y evaluación, por poner algunos ejemplos. Ni siquiera la formación complementaria académica (estudios de postgraduado) tiene tradición en estos ámbitos y tampoco destaca por su oferta en especialización en diversos ámbitos de intervención (con contadas excepciones, como la formación en Trabajo Social Sanitario); siempre me he preguntado ¿cómo es posible que exista una oferta diversa de formación para la dirección de centros residenciales o de entidades sin ánimo de lucro y no se encuentre fácilmente una formación similar para la dirección de los servicios sociales de atención primaria?
En resumen, una segunda conclusión, es que la formación para la incorporación al mundo laboral, incluyendo las prácticas, es limitada y no aborda muchos aspectos necesarios: desde la especialización (ahora sí) en ámbitos de intervención (salud, enseñanza, justicia…) como en funciones (dirección, planificación y evaluación)
Y para acabar, me gustaría hacer una mirada sobre la formación continuada, la que nos debería permitir estar al día de los avances en la profesión, podemos ver que hay un enfoque muy pragmático, muy instrumental de la profesión (perdonadme que hable por la formación que se da en mi área de influencia, tanto la que surge del colegio como la de otras entidades). No se encuentran cursos que revisen los marcos teóricos y los modelos de intervención que, tras la práctica en la vida laboral, seguro que veríamos de manera distinta a la forma en que los estudiamos (si lo hicimos) durante la carrera.
Como conclusión, querría decir que tengo la impresión que los cambios en los planes de estudios, especialmente el paso de diplomatura a grado, no han modificado sustancialmente su estructura en sus últimos años, pese a los cambios evidentes en el contexto (hecho que comparten con la mayoría de estudios universitarios, por lo que he podido ir viendo). Deberíamos ser capaces de pensar los estudios desde una perspectiva más de construcción del "saber" en Trabajo Social y dotar a l@s futur@s profesionales de las bases que les permitan la adaptación e incorporación de herramientas a cada momento del desempeño profesional, así como diversificar la oferta en formación continuada, tanto académica como de actualización.



[1] Como ejemplo la Ley 12/2007 de Servicios Sociales de Catalunya establece: “Los servicios sociales tienen como finalidad asegurar el derecho de las personas a vivir dignamente durante todas las etapas de la vida mediante la cobertura de sus necesidades personales básicas y de las necesidades sociales, en el marco de la justicia social y del bienestar de las personas” (art. 3).

domingo, 5 de noviembre de 2017

A cuenta del Congreso de Mérida: una reflexión

Han pasado dos semanas desde la finalización del Congreso de Mérida y en este tiempo l@s colegas más diligentes ya han escrito una o más crónicas sobre los diversos aspectos del Congreso. Y, aunque tarde, me planteo ¿qué hay mejor para reactivar el blog después de unas largas vacaciones que escribir sobre el Congreso? Pues, probablemente pocas cosas porque no deja de ser un lugar donde varios cientos de trabajadores y trabajadoras sociales, de distintos lugares y culturas, con distintas mochilas de experiencia y conocimientos se juntan para poner en común todo ese bagaje.

Se han destacado los números “oficiales” del Congreso: más de 1200 congresistas de 14 países, 285 comunicaciones presentadas, 25 mesas de debate, talleres y otras actividades compartidas…   Pero también l@s colegas que me han precedido han analizado las bondades y las desventajas de semejantes números: la coincidencia de actividades que impedía seguir, a veces, temas que te interesaban, la falta de plazas en muchas de las actividades que no permitía acceder a los temas de interés, las carreras de un lado a otro porque las actividades estaban alejadas, etc. Comparto todos esos análisis y me gustaría aportar unas reflexiones sobre cómo viví el Congreso y qué me sugirió.

Hacía muchos años que no asistía a un Congreso Estatal de Trabajo Social, la vida da muchas vueltas y no me había sido fácil participar en las últimas ediciones, aunque sí lo hice mucho tiempo atrás. Dicho esto, una de mis principales motivaciones era poder pulsar la profesión ahora y aquí, a finales de la segunda década del siglo XXI, y qué edición mejor que la que aprovecha para celebrar el centenario de Social Diagnosis de Mary E. Richmond, obra clásica del Trabajo Social por excelencia, cuya imagen actualizada hemos incorporado en productos de merchandising (como la taza que acompaña esta entrada), que tampoco está mal que hagamos “propaganda” de nuestra profesión y nuestras pioneras.

Reconozco que tengo una relación extraña con Mary Richmond, en mi época de estudiante era prácticamente la única autora clásica que nos nombraban y su obra, Social Diagnosis, era una referencia, pero tampoco es que fuera objeto de estudio profundo (ni siquiera recuerdo haber visto el libro publicado en español hasta años después); era como una sombra que acechaba pero que no estaba realmente presente en nuestros estudios (de las otras pioneras, porque es importante recordar que la mayoría fueron mujeres, prácticamente no teníamos noticia). Pero más allá de ese leve conocimiento inicial, reconozco que el diagnóstico social me ha interesado, tanto desde la perspectiva de la intervención como desde la gestión de los servicios sociales.

El Congreso ha sido, pues, un buen momento para reencontrar a esas mujeres que tanto hicieron por construir una profesión y una disciplina académica que tuviera una autonomía propia, que no fuera subordinada a otras, sino que se planteara como una igual entre las diversas que atendían a las personas. Es difícil encontrar mujeres referentes de todas las profesiones y en la nuestra, que tenemos tantas, vamos y las tenemos escondidas, como si no nos atreviésemos a mostrarlas, a estar orgullos@s de ellas en la distancia.

Pero el Congreso también es un momento para reencontrar viejos y nuevos colegas, en todo caso mucho más actuales. Compañer@s de la época de estudiante, de la Coordinadora Estatal de Alumnos y Alumnas de Trabajo Social (una interesante experiencia que merecería una entrada alguna vez). Y, a la vez, conocer, por fin, a aquellas personas que las redes sociales nos han acercado y a las que hemos leído, hemos seguido, de los que hemos aprendido tanto. Las redes sociales virtuales son un potente elemento para crear redes reales, pero necesitamos de estos (y otros) espacios para desvirtualizarnos, para que la proximidad sea real.

Uno de los temas que más se ha tratado en diversas entradas de blogs ha sido la organización de los contenidos y los tiempos. Decía antes que se ha destacado el Congreso por sus números: profesionales inscritas, comunicaciones propuestas y presentadas, actividades diversas… Coincido que han sido excesivas, no sólo porque el número total de comunicaciones fuera elevadísimo para dos días de Congreso (que lo es) sino porque en cada sesión se presentaban tantas comunicaciones que impedían lo que, desde mi punto de vista, debía ser el elemento clave del mismo: el intercambio profesional.

Los congresos son, o deberían ser, espacios de intercambio entre profesionales, momentos para compartir el conocimiento adquirido por las diferentes vías (la práctica, la academia…). Compartir el conocimiento implica necesariamente la disponibilidad de espacio para el debate y la reflexión conjunta, en caso contrario, se trata de un remedo de clases magistrales donde cada autor/a va “a hablar de su libro” sin opción al debate. 

Confieso que mi interés en participar en el Congreso con una comunicación, con todo lo que supone de esfuerzo escribir primero una propuesta y después un texto completo que tenga sentido y pueda ser interesante, radicaba en la posibilidad del intercambio con los y las asistentes y el resto de comunicantes; era esa mi principal motivación, saber qué pensaban otras personas de aquello que les proponía.

Porque el verdadero aprendizaje se obtiene de ese intercambio, no del hecho de hacer una presentación y obtener el correspondiente certificado y para mí, quizás ya por el camino recorrido, participar en un evento de estas características tiene sentido si es posible ese intercambio. De ahí que el apretadísimo programa del Congreso me haya decepcionado un poco: no tener espacios de debate profesional en un acto que se celebra cada cuatro años me parece un error que debería subsanarse. Quizás no debamos centrarnos tanto en lo cuantitativo y más en lo cualitativo. Pero, tenemos una ventaja, los blogs se han mostrado como una herramienta interesante para una evaluación pausada y profunda y deberían contribuir a mejorar la próxima edición.

Coincido con Israel Hergón (aquí) en cuanto a la necesidad de mejorar nuestras presentaciones para darles un mayor dinamismo: las presentaciones no son transcripciones de las comunicaciones a un powerpoint, han de sintetizar las principales ideas y han de ser capaces de captar la atención del público. Además, especialmente cuando los tiempos son tan ajustados, es necesario diseñar presentaciones para cumplirlos, para que tod@s l@s ponentes tengan las mismas oportunidades. Teniendo en cuenta lo importante que es la comunicación en el Trabajo Social debería hacernos reflexionar el hecho que le dediquemos tan poco tiempo a las habilidades comunicativas.

Para concluir esta entrada, con la idea de ver si consigo lo que no pude conseguir en las apretadas sesiones, adjunto la presentación que hice (a la que he añadido audio) para animar a profesionales interesadas en debatir sobre el diagnóstico social a comunicarse conmigo (también acepto sugerencias sobre la presentación 😉 ).



lunes, 24 de abril de 2017

El objeto de los servicios sociales: entre la norma y la teoría


El objeto de los servicios sociales ha sido materia para el debate y la reflexión desde hace tiempo y esta se ha generado desde dos ámbitos que, aunque debieran ir de la mano, en mi opinión parece que no han llegado a conectar suficientemente. Me refiero, por una parte, al ámbito teórico sobre los servicios sociales (y las políticas sociales, en general), un ámbito que suma aportaciones académicas y reflexiones profesionales, y por la otra, al ámbito legislativo en sentido amplio, al conjunto de personas que intervienen en la elaboración de los marcos normativos para los servicios sociales (y otras políticas sociales).
El paso de una asistencia social residual, heredera de la beneficencia decimonónica, a unos servicios sociales modernos han generado mucha literatura y, en paralelo, se han ido generando normas que son las que, finalmente, marcan los límites (o no-límites) a estos nuevos servicios sociales.
En este sentido, recogiendo la aportación que recientemente hacía Fernando Fantova (@FantovaFernando) en @lleiengel sobre las diferencias entre asistencia social y servicios sociales (aquí), me gustaría aportar un granito de arena al debate introduciendo el factor normativo.
Nos dice Fernando Fantova: “La asistencia social residual no se especializaba en determinadas necesidades de todas las personas sino en determinados tipos de persones para las cuales, supuestamente, era capaz de responder (tendencialmente) a todas sus necesidades. Por el contrario, los servicios sociales, al declararse universales, deben, insoslayablemente, identificar en qué necesidades de todas las personas se especializarán”.
Desde hace algún tiempo, Fantova aboga por una propuesta de un objeto de los Servicios Sociales, entendido como un bien protegible de carácter universal, es decir, común a todas las personas y que, por lo tanto, requiere de un sistema que lo proteja porque cualquier persona puede, a lo largo de su vida, puede requerir de soporte para cubrir ese bien. Entiende, y comparto su propuesta, que los servicios sociales sólo podrán configurarse como un sistema si son capaces de definir un objeto, un bien protegible, en consonancia con los objetos de los otros sistemas de bienestar (sanidad – salud, educación – aprendizaje, …).
Ahora bien, parece que este debate que se está generando, que viene generándose desde hace bastante tiempo, entorno a la necesidad de concretar un objeto de los servicios sociales, de dar el paso definitivo de la vieja asistencia social residual a los nuevos servicios sociales tropieza siempre con un escollo: la normativa. Porque, independientemente de cómo se conceptualicen teóricamente los servicios sociales, finalmente el marco legislativo es el que fija las reglas del juego para la práctica y ahí, desde mi perspectiva, tenemos un problema de desconexión entre la teoría y la norma, que condiciona la práctica).
En una entrada anterior en este blog (Servicios sociales ¿destejemos la estructura para volverlaa crear) anunciaba que me gustaría reflexionar sobre cómo las normativas en materia de servicios sociales están entrando a regular ámbitos estrictamente profesionales o teóricos. Se podrá decir que el alcance del sistema público de servicios sociales, su definición, no es un ámbito estrictamente profesional o teórico y estaré de acuerdo, pero en cambio definir “los servicios sociales” sí que es un ámbito teórico-profesional y demasiado a menudo las leyes han optado por la definición del “objeto” de los servicios sociales más que por la definición del ámbito del sistema público de servicios sociales; es como si no hubiera la seguridad de saber de qué estamos hablando y por tanto la necesidad de fijar el contenido. A nadie se le ocurre que la normativa del sistema sanitario, por ejemplo, fije una definición de salud distinta a la que los organismos internacionales han establecido, en todo caso, lo que hace la normativa sanitaria es fijar los límites del sistema sanitario público.
Pues bien, esta diferenciación no queda tan clara en el ámbito de los servicios sociales y, además, las normas se mueven entre dos aguas, en una mezcla entre la definición de la asistencia social residual y los servicios sociales modernos, definiendo unos servicios sociales diría que imposibles. No voy a remontarme a las primeras normativas en materia de servicios sociales, pero repasando las leyes más recientes aprobadas por distintos parlamentos autonómicos, las que se han venido a llamar leyes de tercera generación, muestran una ambivalencia en el concepto de los servicios sociales que debería preocuparnos.
Una revisión de las definiciones que las nuevas leyes de servicios sociales, posteriores todas a 2003, hacen de la finalidad o de los objetivos de los servicios sociales muestran una tendencia muy generalizada por la definición en el sentido más amplio, - con conceptos como “integración social”, “superar causas de marginación y exclusión”, “cobertura de necesidades personales básicas y sociales”, “vivir dignamente”, “calidad de vida” -, a los que se une una asignación al Sistema de Servicios Sociales de la función de garantía o aseguramiento. A la par que, en muchas de las normas, se incluyen los tradicionales “colectivos” sobre los que actuarán de forma prioritaria los servicios sociales. Es decir, las normas se mueven en esa ambivalencia que va de la declaración de derechos más amplia posible, asignando a los servicios sociales las finalidades y objetivos que corresponderían al conjunto de los sistemas de bienestar, al mismo tiempo que acotan la intervención a unos grupos poblacionales concretos.
Este es, simplemente, el primer paso en el que las normas están, en mi opinión, interfiriendo en ámbitos que deberían ser liderados desde el mundo profesional y académico. Como decía antes, las leyes deben regular el alcance del Sistema Público de Servicios Sociales y los derechos que se garantizan a las personas, así como la actividad en el ámbito de los servicios sociales, actividad pública y privada. Ahora bien, intentar normativizar todo lo relativo a la actividad de los servicios sociales me parece un error importante porque, conociendo la lentitud de los sistemas legislativos para actualizarse, estamos dejando en manos de los cuerpos legislativos el desarrollo de los servicios sociales como sector y como ámbito donde se desarrollan actividades profesionales.
Hemos visto, como mínimo en Catalunya, algunos casos en los que la inmovilidad de la administración nos lleva a mantener herramientas absolutamente desfasadas que se van incorporando a los nuevos instrumentos tecnológicos sin revisión y sin que los avances que se realizan desde el mundo profesional y académico puedan tener la más mínima incidencia en la práctica cotidiana. Es el caso de las categorías de “problemáticas”, forma cómo aún se denominan las situaciones sobre las que se realiza intervención social, que se definieron allá por los años 90, y que responden a una concepción muy determinada de los servicios sociales, y que prácticamente no se han revisado en todo este tiempo, con la excusa de disponer series estadísticas de largo recorrido, y que tienen una utilidad muy relativa, desde mi punto de vista, puesto que recogen categorías estancas y fijas, sin posibilidad de introducir gradaciones que recojan las realidades que viven las personas y que afrontan los y las profesionales y que les deberían servir para diseñar los planes de intervención; pues bien, estos listados que se iniciaron en la época pre-informática (como mínimo en las administraciones) han sido traspasadas sin más revisión a los instrumentos informáticos. Sin duda dispondremos de unas largas series de estadísticas, otra cosa distinta es si estas estadísticas tienen alguna utilidad dado lo mucho que ha cambiado la realidad social en este tiempo.

En síntesis, defiendo que l@s profesionales de los servicios sociales debemos asumir un mayor papel en el desarrollo técnico y tecnológico, en el sentido de la aplicación de conocimientos a la práctica, a través de los colegios profesionales, de las universidades y, si es necesario, a partir de la creación de sociedades científicas que, como sucede en otras disciplinas, aúnan el conocimiento proveniente de la práctica con el del sector académico. ¿A nadie le sorprende la falta de sociedades científicas en el ámbito de la intervención de los servicios sociales o de las distintas profesiones que lo forman, trabajador@s sociales y educador@s sociales? Quizás para avanzar en esa ciaboga que plantea Fernando Fantova en la que se ven inmersos los servicios sociales necesitemos dotarnos de instrumentos para el desarrollo conceptual más colectivos, que aúnen las interesantes iniciativas que surgen desde diferentes ámbitos.